Cada agosto compartimos en este blog una selección de lecturas para acompañar el verano. Este año proponemos tres novelas que tienen un punto en común. En las tres, la arquitectura no es un decorado. Es el lugar desde el que se habla de las personas. Dos de sus autoras son arquitectas. La tercera es una novela japonesa que transcurre dentro de un estudio de arquitectura. Las tres usan las casas y los espacios que habitamos para hablar de la memoria, de los vínculos y del oficio. Son libros que no necesitan conocimientos técnicos para disfrutarse y que cualquier lector encontrará en ellos algo cercano. Quien trabaja en arquitectura reconocerá además muchas cosas propias.

 

CARA VISTA, DE ANA GARCÍA LÓPEZ, EDITORIAL CÍRCULO ROJO

Ana García López es arquitecta y diseñadora de interiores. Dirige un estudio centrado en la relación entre el espacio, la neurociencia y la psicología, un campo que se conoce como neuroarquitectura. Cara vista es su primera novela. En ella mezcla realidad y ficción para contar una historia sobre las casas y las personas que las habitan.

 

El título juega con un término que cualquier arquitecto reconoce. La cara vista es la del ladrillo que se deja sin revestir, a la vista de todos. La autora lo usa para hablar de algo más. Las casas también tienen una cara que muestran y una vida interior que guardan.

 

Cara vista se enfoca en la pérdida gradual de la conexión emocional, en los silencios que se instalan entre los personajes y en las decisiones que se toman casi de manera automática. Es una historia que resonará con cualquiera que haya experimentado la reconstrucción personal y la búsqueda de un camino y un lugar propios. La narradora nos cuenta su historia a través de un viaje introspectivo por las calles de una ciudad que, como ella, también guarda sus cicatrices. Lo hace con pinceladas de neuroarquitectura, una disciplina emergente que estudia la relación entre los espacios construidos y las personas que los habitan.

La idea de fondo es sencilla y potente. Los espacios influyen en nuestros sentidos y en nuestro bienestar. No somos los mismos según dónde vivimos. Una frase de la autora resume bien ese tono: No se entra en una casa como un colonizador, se entra como una invitada. Es una lectura que conecta de forma directa con lo que hacemos. Diseñar un espacio es decidir cómo se sentirá quien lo habite.

 

AMIGA MÍA, DE RAQUEL CONGOSTO, EDITORIAL BLACKIE BOOKS 

Raquel Congosto también es arquitecta. Después de la crisis de 2008 trabajó en proyectos de arte en el espacio público y convirtió solares abandonados en lugares de encuentro. Amiga mía, publicada por Blackie Books, es su primera novela. Cuenta la ruptura de una amistad entre dos mujeres, Celia y Marina, que un día lo fueron todo y luego dejaron de serlo.

 

El libro habla de un duelo del que casi nunca se habla. Perdemos amigos y no existen ni rituales ni palabras para nombrar esa pérdida. Congosto lo cuenta sin grandes dramas. La amistad se desgasta poco a poco, por los silencios y los pequeños roces. También aparecen de fondo la crisis, el sector inmobiliario y una generación a la que se le había prometido mucho.

 

Lo que más nos interesa aquí es el papel del espacio. La casa que las dos compartieron guarda la memoria de lo que fueron. La narradora sigue viviendo en ella años después. Los muebles, las habitaciones y los solares vacíos funcionan como un archivo de la vida pasada. La crítica ha destacado incluso la precisión casi arquitectónica con la que está construida la novela. Las piezas encajan como en un buen proyecto. Es un libro breve y honesto sobre cómo los lugares retienen aquello que vivimos en ellos.

 

LA CASA DE VERANO, DE MASASHI MATSUIE, EDITORIAL LIBROS DEL ASTEROIDE

La tercera propuesta viene de Japón. Masashi Matsuie fue editor antes que novelista y trabajó con autores como Haruki Murakami. La casa de verano es su primera novela y ganó el premio Yomiuri. La edición española es de Libros del Asteroide, con prólogo de Anatxu Zabalbeascoa.

 

La historia sigue a Tôru Sakanishi, un arquitecto recién graduado que entra en un pequeño estudio fundado por Shunsuke Murai, discípulo de Frank Lloyd Wright. Cada verano el estudio se traslada a una casa al pie del monte Asama. Allí el equipo trabaja en el concurso de una nueva biblioteca nacional y compite con un gran estudio rival. La novela cuenta ese verano con calma. Hay planos, maquetas, comidas compartidas y largas conversaciones sobre el oficio.

 

El libro defiende una idea de la arquitectura muy concreta. Un edificio debe integrarse en el paisaje y en la vida de quien lo usa. Wright pensaba así y Murai se lo transmite a su aprendiz. El protagonista llega a decir que la arquitectura no es un arte, es la realidad misma. Es una novela de aprendizaje, sobre cómo se hereda un oficio y una forma de mirar. El ritmo lento del verano forma parte de su sentido. Invita a parar y a pensar, que no es poco.

 

Las tres novelas comparten algo más allá de la arquitectura. Hablan de personas, de memoria y de la forma en que los espacios nos acompañan. Son lecturas que se disfrutan despacio, y el verano es un buen momento para eso. Desde ENERO Arquitectura os deseamos un agosto tranquilo y con buenos libros cerca.

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